lunes, 19 de mayo de 2014

El ascenso

Mañana me ascienden.

Y no ocurre por méritos, si no porque sí. A partir de mañana cobro un poquito más y tengo un grado menos de vigilancia en mi Residencia como Farmacéutico en este Hospital dejado de la mano de Dios en mi esquinada tierrecita. Ya no seré el nuevo, el R1, con lo bueno y lo malo que ello trae. Ha pasado ya un año desde que entré a este lugar a trabajar, después de ganarme unas oposiciones que, tal y como están las cosas, sólo me garantizan el pan durante cuatro años (tres ya) cuando antes eran la puerta de acceso a una vida de estabilidad y solidez. Sigue el tránsito. Ya soy R2.

Ha sido un tiempo intenso con una evolución en mi vida que ha ido desde la alegría de sentirme realizado, de tener un trabajo y un objetivo, a una caída en picado en la rutina y, a veces, en la frustración. Hay días en los que piensas que puedes cambiar las cosas, que puedes dar rienda suelta a tu imaginación, que puedes crecer profesionalmente. Días en los que ves que tus coetáneos te valoran y, si nos ponemos, hasta te quieren. Y otros días en los que parece que todo lo que haces lo haces mal (o eso te dicen). En los que eres una mera presencia entre tanta gente, un fantasmilla a veces molesto que llega, trabaja y se va. Días en los que ves que tus días como farmacéutico clínico están más que contados, y a veces hasta das gracias por ello. Vamos, una mezcolanza extraña de sentimientos que hace que no pueda definir cómo estoy ahora, un año después.

Y encima estás tú, Badajoz. Me has hecho la puñeta desde que llegué. Y lo sabes. Aquí me han dado de lado, me han robado la cartera en mi propio centro de trabajo (una cartera que había estado rodando por toda España, parte de Portugal, hasta por Frankfurt e incluso por Nueva York) y hasta la Policía Local ha llegado a cachearme y a tratarme como un delincuentucho porque al volver del cine una noche se pensaron que le había pasado la llave a mi propio coche. Y no sólo tú, Badajoz. También está tu querido Infanta Cristina. Decepciona que llegues con ganas de hacer amigos entre los demás residentes, que serán en su mayoría médicos, y que topes con el desprecio o el no aprecio de estos. Porque sean todos de Badajoz, por que ya se conozcan, por endiose o porque yo directamente soy un pedorro y a la vista de los acontecimientos no he hecho muchos esfuerzos. Duele llegar de Salamanca con tantas y tantas amistades (esta entrada de hecho va dedicada a tí, mi estimada Kate, por animarme a escribir de nuevo) fruto de tu vida laboral, y ver que aquí me aburro como un cabrón y apenas tengo a nadie con quien divertirme como nos gustaba en aquella ciudad castellano-leonesa. Y a todo esto suma el darte cuenta, poco a poco, que el sentir general del resto del hospital hacia el servicio de farmacia es más bien negativo. Vamos, que nos odia todo el mundo. Para el médico somos unos plastas desacertados, pocos nos valoran y nos toman ya no como una buena herramienta, si no como buenos colegas y buenas personas (que lo somos). Para las enfermeras, los que les robamos las pastillas, unos manirrotos que no sabemos darle a un botoncito para satisfacer sus necesidades. A base de chillidos por el teléfono y de actitudes como esta, uno se desapega, pero también se hace un hombre, aprende a discutir, a utilizar el talante, y a quererse un poco.

No todo iba a ser malo. El sueldo es cojonundo, eso para empezar. Pero no es lo más importante. Están todos mis compañeros de trabajo, que me han acogido estupendamente y me han hecho sentir uno más. Tanto mis adjuntos como mis residentes, pero también el cuerpo de enfermeras y auxiliares de enfermería de nuestro servicio, han calado todos ellos en mí muy positivamente. Son todo humildad y paciencia, porque conmigo y con mis sonadas gilipolleces hay que tenerla. Y luego están los de más allá, como mi querida Toñita PIR, qué maja es! También está el levantarse cada día sabiendo que estarás entretenido unas cuantas horas, que puedes luchar todo lo que puedas para seguir creciendo como profesional (y eso lo he hecho desde el minuto uno). Que cada día puede ser el día en que sigas haciendo amigos, enraizando en ese sitio, conociendo más gente. Y quizás algún día llegue a conocerle a él, al menos creo que es posible y es algo que está cada vez más cerca. Por encima de todo está la ilusión de que luchas por que lo bueno persista y lo malo se de la vuelta, de que emprenderás una actitud proactiva para lograrlo y de tener la certeza de que lo lograrás. Que si este año ha sido regular, igual con tu acción el siguiente no empeora e incluso mejora, y que puede ser apoteósico! Aplícalo en tu vida, hagámoslo juntos! A por todas trabajes en lo que trabajes, busca la mejora!

Mañana ya soy R2. Año nuevo, esperanzas nuevas.

martes, 29 de octubre de 2013

Al ponerse el sol (Memento Mori)

Otra vez acaba Octubre. El círculo vuelve a cerrarse.

El sol cada vez se muestra más tímido, cada día se deja ver menos. Se va antes, atardece más temprano. La noche cubre el día. Ya lejos quedan el verde de la primavera, el canto de los pájaros que alzan sus alas para fundirse con el azul del cielo. Lejos quedan también las olas del mar, el calor y la desnudez, ese vientecillo que sopla entre los bañistas en las abarrotadas playas del verano. La temperatura cae grado a grado, día tras día. Y ese vientecillo se hace adulto, coge fuerza y arranca una a una las lánguidas hojas de los árboles igual que el tiempo se lleva con él tantas y tantas vidas. Es tiempo de naranja y de negro, es hora de recoger la cosecha, de celebrarlo, de guardarse del frío y la noche hasta que el sol invicto traiga nuevos rayos de esperanza.

Es un buen momento para bajarse de este tren al que llamamos vida por unos días, y pensar no tanto en los destinos que están por visitar, en los sueños e ilusiones de sus pasajeros, en los de uno mismo. Quizás toca mirar hacia los vagones de cola, más atrás incluso. Mirar allá donde hemos estado y nunca volveremos a estar. A muchos no les gusta, pero es posible que no tengamos otra opción. Lo llevamos haciendo desde la noche de nuestra existencia, desde que éramos poco más que monos y confundíamos ensoñaciones con muertos que venían a visitarnos en medio de una confusa noche. Desde que los romanos se postraban ante Pomona, o los celtas echaban el cierre a la recolección. Desde que el catolicismo, aborreciendo todo lo anterior, lo maquilló a su gusto y quiso recordar a santos y difuntos por igual. Está en nuestra naturaleza, esa que olvidamos con tanta frecuencia, la que nos relaciona más con árboles y tierra que con bloques y farolas.

No hay mejor momento para aprender de aquello dicho y escrito por nuestros antepasados. De leer una buena novela gótica, de acongojarse con Becquer y sus Leyendas o con El Monje de Matthew Lewis. De rendirse a Loreena McKennit. De pasar un ratito a solas para despejar la mente de esa cacofónica experiencia que a veces es la rutina. Pasear por las calles, recordando otros tiempos, los que atestiguan las piedras viejas de esas antiguas casas que algún día alojaron vida y que hoy sólo albergan sombras y polvo. Poniendo el oído para escuchar entre el trigo ondulante las voces de los que ya se han ido, de aquellos que tanto tuvieron que decir y que cambiaron el mundo que hoy nos pertenece. Dejándonos perder en el incipiente olor a leña, que nos zambulle en el otoño sin dejar de tener un punto navideño. No se trata de buscar sentido a algo que no lo tiene, quizás se basa en poner nuestras ideas en orden, en reafirmarnos en lo que somos, en conocernos mejor. Tampoco se trata de agarrarse a la depresión, de dejar de creer en la vida. Au contraire. Ahora que hace frío apreciamos el calor de la familia y los amigos, de los compañeros de trabajo o estudios, que a veces son también familia y amigos. Agradecemos su compañía, el que vengan con nosotros en este viaje a ninguna parte. Los que tienen pareja se recogen el uno en el otro; los que no, soñamos con hacerlo algún día, pronto. Es cosa de seguir andando aunque se acerque la tormenta.

Ahora que se pone el sol, que se eterniza la noche, lucha para que su llama no se apague en ti. Bájate del tren un momento, sobre todo si ves que esa llama se ha ido o quiere apagarse. Y reflexiona acerca de cómo seguir sonriendo, sobre cómo ser feliz o cómo seguir siéndolo. Alimenta ese sol y deja que ilumine tu camino en la noche, para que cuando vuelvas a ese tren brilles más que nunca y quieras comerte el mundo. Recuerda quién eres, de dónde vienes o de dónde te sientes, porque esa es la pista de despegue hacia tus objetivos y, a la vez, el lugar que siempre te espera a la vuelta de tus aventuras. Y cuando sepas quien eres y lo distingas bien de lo que otros quieren que seas, vuelve a ese tren, pero no a cualquier vagón, si no a aquel donde te esperan. Sueña, y corre como alma que lleva el demonio para alcanzar esos sueños. Mira por la ventana los paisajes que van pasando como un suspiro, recréate en ellos, sean verdes y frondosos o estén abrasados. Disfruta de esta experiencia, de cada segundo de ella.


Recuerda que no va a durar eternamente.

domingo, 9 de junio de 2013

Lobos

"El loro, el moro, el mico y el señor de Puerto Rico", de autor anónimo.
A la memoria de Fco. Briegas Fernández (1934 - 2013)

Un señor de Puerto Rico
colgó en su balcón un loro
de rica pluma y buen pico,
un loro que era un tesoro
y a su amo costó un pico.

Un vecino suyo, moro
de Tetuán recibió un mico.
Y a este mico, lo ató el moro
en su balcón ante el loro,
que así quedó frente al mico.

Tanto y tanto charla el loro,
que un día se enfada el mico,
y con la furia de un toro
lo embiste; se esconde el loro,
rompe la cadena el mico,

salta a la jaula del loro,
sale el loro, pica al mico
chilla el mico, grita el loro,
Se asoman, al ruido, el moro
y el señor de Puerto Rico.

«¿Por qué no encierra a su loro?»
«¿Por qué no ata bien su mico?»
exclaman los dos, a coro.
Y uno le echa mano al loro
y el otro tira del mico.

Cae el mico sobre el loro,
el loro le clava el pico,
los dientes rechina el mico
y, asustado, muerde al loro
y al señor de Puerto Rico.

Este reniega del loro
y jura matar al mico,
mientras furibundo, el moro,
provoca al amo del loro
y embiste al loro y al mico.

Hacia arriba vuela el loro,
se escurre hacia abajo el mico,
y, faltando al decoro,
caen, agarrados, el moro
y el señor de Puerto Rico.

«¡Ay, moro, si pierdo al loro!»,
exclama el de Puerto Rico,
y airado replica el moro:
«¡Pagará caro tu loro,
cristiano, si pierdo el mico!»

Les imita arriba, el loro,
muecas hace, abajo, el mico,
y no se sabe si el moro
es quien habla, o si es el loro,
o el señor de Puerto Rico.

Crece el trajín: vuela el loro,
y va a caer sobre el mico...
Furioso el de Puerto Rico
viendo en peligro su loro
quiere ahora matar al mico.

Le da un empujón al moro;
le dispara un tiro al mico,
yerra el tiro y mata al loro;
se desmaya; ríe el moro,
y corre en busca del mico.

Risueño regresa el moro
con el loro y con el mico:
riendo del de Puerto Rico
le envía, muerto, al loro
y una carta con el mico.

Dice: «Seis onzas de oro
por atentar contra el mico
a un cristiano reclama un moro;
guarde disecado el loro;
... pero págueme ese pico».

Viendo esto el amo del loro
se lanza furioso al mico;
mata al mico, mata al moro...
Muertos moro, mico y loro
se embarca... y ¡a Puerto Rico!

viernes, 3 de mayo de 2013

Con los terroristas, tas, tas...

Advertir, como siempre, que lo que lean a continuación es la opinión de una persona. Y que como opinión, la podrás compartir o no. Y que siempre puedes ponerme de vuelta y media abajo. Como otras muchas entradas de este blog, inicialmente diseñado para desalojar de mi interior la indignación y frustración interna que me causan ciertos temas, comenzaré contando una anécdota de esas que salpican mis aburridos días de mi propia transición, esa que va desde que apruebas la oposición hasta que te incorporas al puesto de trabajo. Estaba yo esta mañana buscando por la web algún piso por Badajoz que quedase cerquita del hospital Imputada Cristina, mi próximo centro de trabajo; cuando me aburrí y decidí mirar las redes sociales. Un pequeño incidente – ya resuelto, por suerte – con un familiar lejano me tenía algo intrigado, así es que la visita a Facebook era obligada. Después me moví a twitter, ese crisol de culturas (y visto lo visto, de incultura) en el que todo debe caber en 140 caracteres. ¿De qué se hablará? ¿Cuál será el tema del día? ¿Bárcenas, quizá? ¿Iñaki Mangarín? ¿las autoproclamadas Believers, esas jovencitas fervorosas de un semidios escuchimizado notablemente falto de luces? ¡Oh, sorpresa! Ninguno de ellos figuraba hoy en el flanco izquierdo de la archiconocida web de microblogging, pero hubo uno que me llamó la atención y me alegró el día un poquito. No todos los días coinciden conmigo en que Telecinco es una mierda.

Total, que entro a ver qué han liado ahora en la cadenita de Fuencarral, a ver a qué venía eso de #MierdasetEspaña. ¿Se habrá dado cuenta la humanidad de la pobreza mental de la programación de la cadena? ¿se habrá ido de tono otra vez AR, la egomaníaca más conocida del país? ¿Jorge Javier desnudo por segunda semana consecutiva? Mis ilusiones y la poca fe que me queda en la sociedad de este país se escacharon contra el suelo cuando, tras leer unos cuantos tweets, me doy cuenta de que los que han elevado el hashtag a trending topic (¡cuánto neologismo!) no son otros que una masa enfervorecida del programa que, tras el Mississippi de Pepe Navarro, consolidó la telebasura en nuestro país a principios de milenio. ¿Qué mosca les había picado a estos radicales seguidores de Gran Hermano? ¿Acaso la ración de heces servida la noche anterior no había sido del agrado de esta nube de moscas cojoneras que no tienen cosa mejor que hacer que intoxicar twitter defendiendo a unos y poniendo a parir a otros? ¿Qué ha llevado a estos seres a volverse contra la alcantarilla que les suministra el material en el que se revuelcan jueves tras jueves? La respuesta es sencilla: la masa, que se autodenomina ‘club susargista’ o cosa parecida, estaba en liza contra Telecinco por haber expulsado del manido reality a una concursante, una tal Argi, por decir, mientras estaba buscando una cuchara, que la única manifestación a la que ha ido era para que volviese ETA. No entendí cómo era posible que se criticase una de las pocas decisiones medio en condiciones que ha tomado esa cadena, tal que me decidí a ver el vídeo. En las imágenes que muestran la enésima salida de tono vertida por catorce generaciones de vagos y maleantes metidos en un corral, se ve cómo, tras el correspondiente tiempo de asimilación y reacción a tal improperio por parte de sus compañeros de encierro (tiempo de reacción prolongado dado el nivel intelectual medio del lugar), éstos le critican lo que ha dicho. Sólo un tiempo después la tía se da cuenta de que igual está feo decir eso, y medio rectifica. Ha sido una broma, dice. Otra cosa es que me lo crea: la frase le brota del mismo alma, tarda en rectificarla y, seamos francos, como broma es bastante macabra. Con la boca abierta y las córneas rabiosas de dolor termino de ver el metraje.

No hay esperanza para este país, piensa uno. Y ya que estamos en twitter, plasmo mi total decepción usando el hashtag correspondiente, añadiendo el de #quépaís, y comentando que es decepcionante que, para una vez que la gente critica en masa al máximo exponente de la televisión de mala calidad, sea para defender a una concursante a la que han sacado del gallinero por hacer una afirmación claramente proetarra. Click en enviar. Lo que pensé que sería uno de esos tweets míos que nadie lee se convierte en una pesadilla mañanera: los radicales empiezan a redifundirlo. ¡Esto es lo que habéis conseguido en telecirco, demagogos, que un tal @DaniBriegas llame a Argi terrorista! La de veces que he leído esta mañana la palabra demagogia (y la de veces que me han dado ganas de preguntarles qué significaba, a ver si saben responder). Tardan poco en llegarme algunos mensajes de exaltados pidiendo mi cabeza. Y lo que es peor (y más cómico), amenazando con denunciarme. Al más puro estilo tertulianos de Sálvame. Un chavalín me dice que tenga cuidado, que iba a llamar a la familia de Argi y me iba a caer un pakete. A los pocos minutos dijo que le iba a caer otro a Ana Rosa, que la estaba llamando etarra en su programa matinal. Enfervorecida, la masa, a la que calculo una media de edad no superior a los 16 años, no dejaba de producir tweets berreando por la expulsión de la susodicha. Mi estupor rozaba máximos. Y mi indignación también.

Viendo la reacción de la turba contra el tweet de un don nadie como yo, no daba crédito a lo que estaba pasando. Contesté a algunos mensajes defendiendo mi postura: si alguien ha ido a una manifa a favor de ETA (de los presos, de su causa, de la kale borroka, de lo que sea) es proetarra por definición pura y dura. Y si lo ha dicho de broma, es proetarra de broma. Contra estos argumentos me llegaron a decir que las manifestaciones eran en contra de ETA, no a favor, que eso no existía, que tirara de hemeroteca. Tiré de hemeroteca (y mostré esta hermosa sarta de noticias en El País sobre actos proetarras), y me contestaron que en los titulares no decían que fueran a favor de ETA. No muchos tweets después, entristecido por caer en la cuenta de que estaba hablando con hortalizas de huerta, bloqueé a mis amenazadores amiguitos y pasé del tema, que es lo que debí hacer desde un principio.

Pero la congoja no se me fue. ¿Por temer una denuncia? ¡Venga, no jodas! Me quedé apesadumbrado por vivir en un país donde niños de quince y dieciséis años, en horario escolar y con un paro juvenil que pasa holgadamente del 50%, se pasan la clase con sus iPhones defendiendo a muerte a una persona que no conocen de nada, y que para más inri ha bromeado con un tema tan espinoso como es el terrorismo etarra, posicionándose a favor de ellos, que recordemos constituyen una banda que ha segado la vida de más de ochocientas personas en su medio siglo de historia. Algo demasiado serio como para banalizarlo en bragas delante de una cámara de televisión. Es una lástima ver que el carpeteo ha evolucionado desde aquellos tiempos de Leonardo Di Caprio y Pamela Anderson, incluso desde el ya mentado Justin Bieber, hasta este fenómeno, en el que se idolatra a una persona cuyo mayor mérito es hacer edredoning antes que nadie bajo la atenta mirada de los espectadores. Es lamentable que, en estos tiempos donde los derechos flaquean y caen a la primera de cambio de la legislación, no le dé a esta gente por emplear sus fuerzas en otras cosas. Lamentable que España (con Brasil) sea el único país donde se han celebrado catorce despropósitos televisivos de esta índole. Lamentable que una periodista como Mercedes Milá se haya echado a perder de semejante forma durante todos estos años, hasta el punto de enseñar las pechugas en un programa de esta edición para subir una audiencia que, por suerte, es cada vez menor (media de 18.5% en la presente temporada, compárese con el 20.6% de la anterior y con el 51.4% de la primera).

Telecinco, esta vez, ha rectificado. Ha visto que la gente no está por la labor de dejarles cruzar ciertas líneas rojas. O mejor dicho, las asociaciones de víctimas del terrorismo – y los anunciantes que amenazan con retirar la publicidad del programa – le han hecho ver a la cadena amiga que es mejor no seguir ciertas rutas. Que igual es mejor dejar ya aparcada esta bobada del Gran Hermano, que con dos ediciones íbamos servidos. Ojalá hubiera hecho lo mismo cuando, hace semanas, un par de gemelos que también pulula por el concurso dijera a otra concursante que estaba más perdida que Marta del Castillo. Es bueno tener tele entretenida, es bueno que la gente se distraiga un ratito de su realidad, que a veces es bastante cruda como para no darles un poco de cuartelillo a eso de las diez de la noche. Sin embargo, no todo debería valer en televisión. Es peligroso. Se corre el riesgo de que el espectador se crea que la plaza del pueblo es el plató de Sálvame, y que eche la mañana criticando a los vecinos y amenazando con demandas y querellas varias por dimes, diretes y quítame allá esas pajas. Se corre el riesgo de que la juventud, que por edad no vivió o no recuerda aquellas 48 horas que vivimos pendientes de Miguel Ángel Blanco, empiece a tomarse a cachondeo un tema tan serio como el terrorismo. O a pitorrearse mencionando sin lavarse antes la boca el nombre de una joven que lleva años desaparecida tras ser asesinada. Se corre el riesgo de atelecincar un país con una terrible crisis económica, política y de valores (de valores, sí, pero no al modo que dicen los curas). Y eso es lo último que nos hace falta.

Qué ganas de empezar ya el FIR para estar entretenido y no tener que deambular por twitter para amargarme la mañana, oiga…

jueves, 14 de marzo de 2013

Extra Omnes


PRESENTE

Parecía mentira, pero si uno lo piensa bien, igual es hasta lógico. En un momento donde se habla mucho de dimitir (de que dimita el otro, para ser precisos), nadie esperaba el pasado día 11 de Febrero que fuera a ser él el que rompiera el hielo. Tras medio milenio sin ocurrir, un papa dimite. Lo deja. Elige la jubilación. Y es que a Benedicto XVI le sobran motivos para ello, no debe ser fácil estar al frente de una institución que mientras busca que la Humanidad se comporte de una manera puntual, no tiene al frente un equipo que de ejemplo de cómo hacerlo. Los casos de pederastia brotan como las setas en Otoño y ya nadie puede esconderlos detrás del sofá, son demasiados. La corrupción campa a sus anchas en el banco Vaticano, se lavan más dólares que sotanas allí. Mientras la élite del catolicismo más ortodoxo berrea contra las realidades sociales que ya tenemos por nuestras, Angelo Balducci, responsable de obras públicas y miembro de honor del Vaticano, es implicado en un caso de prostitución homosexual que salpica a más miembros de la Citta. Los más oscuros secretos del pequeño Estado quedan expuestos a la opinión pública en el caso Vatileaks. Y así sucesivamente. Cualquiera aguanta al frente de semejante marrón.

Confieso que esta clase de acontecimientos me atrae. Y no por creyente, si no por curioso. Queramos o no, esto del cónclave es una rareza histórica viviente. Un protogran hermano que, en vez de tener a la ordinaria de Mercedes Milá, tiene una chimenea de lata. Los participantes, un nutrido grupo de cardenales de todo el globo que se encierran en la Capilla Sixtina. Sin cámaras (ni edredoning, imaginamos), debaten sobre el estado de la entidad y votan cada rato quién se queda con el trono. Si no hay mayoría de dos tercios, tiran de química (y mira que rehúyen de la ciencia) y le dan llama a una mezcla de perclorato potásico, antraceno y azufre para que se forme la fumata negra, dando lugar, probablemente, a una importante zorrera en el edificio. Que hay mayoría, se cambian el antraceno y el azufre por lactosa y resinas para que la fumata sea blanca. Y así, en pleno siglo XXI, con Twitter y Facebook hasta en la sopa, la gente se entera, mirando a una chimenea, de que habemus papam.

El elegido del momento – ingeniero químico, curiosamente – promete. No es mucho, pero algo promete. Un tal Jorge Mario Bergoglio, que no lo conocerán ni en su casa, pasó ayer a llamarse Francisco I (o Francisco a secas para los amigos) y a dirigir el cacao que tienen montado en el Vaticano. Seguí el momento en directo por televisión. Me llamó la atención que, frente a sus antecesores, saliera de blanco estricto a saludad al personal. Sin tapetones adicionales ni estolas bordadas en oro. Denota humildad, al menos. Miembro de la Compañía de Jesús, el brazo izquierdo del catolicismo, parece que se ha acercado bastante a los pobres y ha llevado una vida humilde, cosa que tampoco se ha visto los anteriores papas. El tipo promete. Aunque no todo en Bergoglio es bonito ni progre-que-te-cagas, y eso nos lo han hecho ver los periódicos desde minutos después de recogerse del balcón anoche: en su país natal, Argentina, fue afín (¿o no?) a la dictadura de Videla; y se le acusa de haber entregado a dos compañeros jesuitas contrarios al régimen para que los asesinaran. Durante ella, pudo haber hecho varios Sor Marías (entiéndase hacer un Sor María por sisar nenes recién nacidos que no son tuyos y venderlos al mejor postor, siempre que el postor sea católico), o al menos de eso lo acusan las archiconocidas abuelas de la Plaza de Mayo. Igual que el dúo ZP-Rouco, Francisco no ha mantenido una relación agradable con Cristina Fernández de Kischner. El punto más turbio de la relación tiene lugar en 2010, cuando la presidenta argentina propone la ley del matrimonio homosexual y el ahora papa cargó contra esta ampliación de derechos aduciendo que era obra del demonio y que había que emprender la guerra de Dios contra los homosexuales (respecto a esto parece que se arrepintió después, sobre todo después de haber apoyado las uniones civiles en 2002). De la mujer, parece que llegó a afirmar que está incapacitada para ejercer la política, cuanto más el sacerdocio. Del aborto mejor ni hablar. En definitiva, que no todo iba a ser bueno, ¿no?

PASADO

Puede sorprender que alguien infalible como un papa pueda tener el más mínimo atisbo de sombra en su biografía, pero los ha habido peores. Muchísimo peores. Sólo hace falta mirarse unos cuantos artículos rigurosos en revistas de Historia para darnos cuenta de que la historia del papado está totalmente llena de mierda desde que sus bases legales fueron puestas en el año 312 por el emperador romano Constantino, quien asumió el cristianismo e inaugura con ello la última etapa de un débil Imperio Romano. Dicen que es el Espíritu Santo quien susurra a los electores quién debe ser el nuevo Papa, aunque a todas luces parece que la paloma debe hablar bajito o algo así ya que parece que no todos pillan el nombre a la primera (cinco votaciones han hecho falta en este último cónclave). Si eso es así, el pajarillo que otrora comunicó a María su estado de gracia debió tomarse unas largas vacaciones en la alta Edad Media, más o menos de unos seis siglos. Dejando a un lado el asunto de la papisa Juana (esa que sale en las cartas del tarot) por no haber sido respaldada por la historiografía, pongamos que el pájaro cogió las maletas y emprendió el vuelo tras morir Formoso I en el año 896; el siguiente papa (Bonifacio VI) les duró medio mes. Le sigue Esteban VI, ansioso desde hace mucho por coger la silla de Pedro. Rival del citado Formoso, quien lo envió a dar misa donde Cristo perdió el mechero (las leyes impedían acceder al pontificado a los que ejercieran lejos de Roma), mandó desenterrarlo tan sólo 8 meses de haber muerto. Lo vistió con sus ropas papales y lo sentó en el banquillo para juzgarlo por violación de los cánones eclesiásticos. En tal juicio, que pasa a la historia bajo el nombre del Sínodo del Cadáver, el muerto es condenado bajo la horrorizada mirada de cardenales y ciudadanos a dormir en el fondo del Tíber por la eternidad. El caso es que el propio Esteban acaba en prisión, donde no tardan nada en estrangularlo. Su papado no alcanza el año.

El papado fue degenerando progresivamente hasta que entra el llamado Pontificado de las Putas, donde las meretrices eran las que realmente movían los hilos de la iglesia desde las alcobas de los pontífices. A Juan XII (955-969) se lo llama también Fornicario I, y es que se pasó la vida de prostíbulo en prostíbulo jugando a los dados. Llegó a brindar por Satán en un banquete, en el que fue tal la kurda que pescó que acabó incendiando el cenador. Su muerte no es menos violenta que la de Esteban VI: fue asesinado mientras violaba una mujer. El culebrón continúa con la saga de los Benedictos y la multiplicidad papal. El papado fue todo degradación y violencia desde Benedicto IV (973, muerto asesinado) hasta Benedicto IX. Este último, también conocido como el Papa Nerón, ejerció un pontificado intermitente (1032-1044, dos meses más en 1045 y un tiempo adicional entre 1047 y 1048) y salpicado de escándalos; se cuenta que renunció para vivir una vida desgraciada con un amante que se había echado en un prostíbulo homosexual en el que tenía participación económica. Tal fue el asco que se le cogió en Roma que sus enterradores se negaron a fabricarle un ataúd tras morir.

El comienzo de la baja Edad Media lleva a la Santa Sede la citada multiplicidad papal. Hombres sedientos de poder que se autoproclaman pontífices o sobornan a los electores del cónclave para llegar al Vaticano, y que se enfrentan unos a otros, a veces a muerte. Aunque fue una constante desde principios de milenio, este fenómeno (que aún pervive, no se nos olvide que hace no mucho murió Clemente Domínguez, un sevillano que se autoproclamó papa en 1978 con el nombre de Gregorio XVII, con sede en el Palmar de Troya) llega a máximos en el siglo XV, cuando llegaron a coexistir cuatro papas (A Benedicto XIV en 1425 se suman Benedicto XIII en 1427, Clemente VIII en 1429 y Martín V en 1431).

Dejando un lado otros escándalos papales como la ira de Lucio II contra su pueblo cuando los senadores de Roma quisieron quitarle competencias, o el exterminio de los Cátaros por Lucio III en 1181, terrible por su magnitud, la perversión del pontificado llega a máximos a finales de la Edad Media con los auténticos reyes de la fiesta, los españoles. La estirpe de los Borgia empieza con Calixto III y hace furor con Alejandro VI, Rodrigo Borgia, quien sobornó a los cardenales para asegurarse el nombramiento, cosa que enfureció a los ciudadanos, muriendo durante el cónclave más de doscientos a manos de las tropas afines a la familia. Tras ser nombrado, hizo construir a los suyos un arco del triunfo en el que se leía la sentencia “César era un hombre, pero éste es un Dios”. Parece ser que el buen hombre se zumbaba a todo lo que se movia. Tuvo doce hijos, y como se movían, también se los tiraba. Tal es el caso de Lucrecia Borgia, una conocida envenenadora que preparaba la llamada cantarella, carne de cerdo podrida sobre la que espolvoreaba arsénico. Parece ser que su propio padre pudo ser víctima de tal mejunje (murió tras un banquete). Nada se pudo hacer por su vida, y mejor que no se hiciera: los ciudadanos felicitaron al médico por no salvarlo. La historia se repite con los Médici, también muy dados al crimen por envenenamiento. Se dice que León X, en otro brindis desafortunado delante de miembros de la curia, exclamó que “desde tiempos inmemoriables es sabido lo provechosa que nos ha resultado esta fábula de Jesucristo”. Y así, innumerables papas que se han ido adaptando a la Edad Moderna y a la actual, modificando al gusto sus propias leyes e interpretando los textos bíblicos como les viene en gana para seguir sobreviviendo. Así, en 1870 el Concilio Vaticano I introduce la infalibilidad del papa (el papa “nunca” se equivoca); y por citar un ejemplo de adaptación, la afinidad de la iglesia de Pio XI por el régimen dictatorial de Mussolini (qué les gusta una dictadura a las altas esferas eclesiales, nadie puede negarlo) llevó a la creación del Estado Vaticano (tratado de Letrán, 1929).

FUTURO

Aunque esto ya no es la Edad Media, la iglesia según la entendemos al Vaticano style está muy lejos del pueblo. La institución como tal continúa anclada en el machismo y en el rechazo a los avances de la sociedad y la ciencia, cerrada a las nuevas realidades que quizás no son tan nuevas, si no que siempre han estado ahí. A kilómetros del pueblo y a años luz de su esencia, la planteada por Jesús de Nazaret, el revolucionario protagonista de los textos del Nuevo Testamento y que, de haber existido (yo no lo sé, no estuve allí), merece mi total y absoluto respeto. ¿Por resucitar? ¿Por no casarse? ¿Por convertir agua en vino y piedras en peces? No. Como decía León X, todo eso será seguramente leyenda. Es admirable por su mensaje de respeto mutuo a los que piensan como tú y a los que no, de fraternización y de paz, en la igualdad de todos ante un hipotético dios y en el amor a los demás. Un mensaje duro contra las altas esferas, contra los poderes abusivos, contra el oro y el lujo, contra el gobernante malvado. Una iglesia que viste de oro a sus estatuas y aloja en majestuosos palacios a sus máximos representantes no se parece ni en un píxel a aquel Jesús harapiento y humilde. Que es agresiva, que busca que los que no creen crean, sí o sí. Nunca. Jamás me tendrá (otra vez) esa iglesia dentro, pues no creo ni creeré en religión alguna. Pero como siga anclada a tan corrupto pasado, tan alejada de sus principios e inicios, tampoco me va a tener al lado. Ni a mí ni a cada vez más ciudadanos que se le ponen en frente, y que, preguntados en las encuestas, van quitándose de afirmarse como católicos: sólo el 70.5% de los españoles declara ya su afinidad a la iglesia según datos del barómetro del CIS de Febrero, con descenso de 2.6 puntos respecto a Enero (en cualquier caso, fluctúa en torno a estas cifras, según el mes) y muy lejos del 87% de principios de los noventa. Por no citar otras encuestas internacionales como el Global Index of Religion and Atheism, que reducen ese porcentaje a un triste 52%.

Datos que deberían preocupar al recién llegado Francisco I si no quiere que las profecías del tal Malaquías (esas tan flexibles de interpretar) se hagan ciertas y sea el 266 el último papa de la historia de la Iglesia. Antes de terminar, recordar siempre que entradas como esta, en un blog diseñado para la opinión y el debate, no pretenden ofender las ideas y creencias de nadie, si acaso aportar datos nuevos que seguramente muchos desconozcan, además de mi opinión, que a fin de cuentas es una de muchas. Con ellos en la mano, que cada cual obre como estime oportuno y, crea en lo que crea, intente alcanzar la felicidad personal como lo crea conveniente, respetando las ideas de los demás y guiándose por la regla áurea, esa que dice que te comportes con los demás como te gustaría que se comportasen contigo, vive y deja vivir, algo que a fin de cuentas va más allá de cualquier religión. Dicho esto, sólo desear suerte a Francisco I.

La necesitará. 

viernes, 1 de marzo de 2013

El mes más largo


Y eso que era Febrero. Nunca antes, para mí, sus veintiocho días se me habían hecho tan largos, tan pesados. Pero al final, en el último segundo, cuando el reloj del campanario de la iglesia de mi pueblo daba las campanadas de medianoche, todo acabó bien.

Ese segundo fue tan largo como un día 29 de Febrero. Tienes delante la página del Ministerio de Sanidad desde menos cinco. Hace frío, pero aun así te sudan las manos mientras das vueltecitas por la habitación, de adelante a atrás, en total soledad (por expreso deseo de un servidor). Aunque una gran amiga te ha comunicado un dato muy favorable esa tarde, y sabes que tienes el asunto en el bote, no te confías. Pueden haberse equivocado al leer la plantilla, siempre hay bailes de números. No hay nada escrito. Tic, tac. El minutero está a puntito de follarse al horario, y pronto el segundero quiere montarse un trío con ellas. Son las doce. Silencio, solo roto por las campanadas de la iglesia de San Vicente Mártir. Estás a un click de saber si tantos meses de estudio han dado fruto o has perdido el tiempo. Apnea transitoria. Piensas que no hay más que hacer, que llegó la hora. ¡Click! El wifi se comporta (cosa rara) y en fracciones de segundo te tira a la cara un montón de cifras. Sólo una, la del final, me importaba en aquel aciago segundo. Y en negro sobre blanco, allí estaba el número cuarenta y nueve. Final del partido. Victoria del equipo local.
        
              Se cuenta rápido, en unas líneas. Pero pasaron muchas cosas antes de que la fanfarria que sale en el Super Mario Galaxy II cuando coges una estrellita de las gordas (de esas con ojos) sonase fuerte en mi habitación, seguida de la canción Revolución de Rosana (soy un friki cabrón, reconozco haber preparado días antes semejante archivo de sonido por si acaso aprobaba, de modo que sonase con tan solo darle al play si mi número de orden era inferior a 200, me ponen los momentos emotivos). Esta aventurilla empieza en Febrero del año pasado, cuando me llega el primer libro de la academia que me ha acompañado en este viaje (farmaFIR). Los siguientes meses tienen poca – muy poca – chicha: quitando la estancia de prácticas en el hospital de Cáceres y los días que estuve en Salamanca, poco he hecho con mi vida que no sea estudiar. Meses de ascetismo y tranquilidad, de aislamiento. Ni el ya emérito Benedicto equis-uve-palito me superará. Pero llegó Febrero. Ay, qué mes más largo. Todavía recuerdo como si fueran de ayer las declaraciones que hizo Mariano Rajoy a las dos de la tarde del 2F a santo del caso Bárcenas (total, están todo el día diciendo lo mismo…). Comía yo un filetico con un poco de lechuguita, no me entraba más con los nervios. Pitando a Badajoz. Ni los comentarios jocosos con Ena y Carlos quitaban los nervios. Y a las cuatro, allí estaba el temido examen, delante nuestra, con un colorcito amarillo muerto que metía respeto. Más o menos del color de mi cara cuando lo acabé. Treinta en blanco, lo que nunca había hecho en ningún simulacro. Acojone sistémico. Mientras volvía a casa, noche cerrada, con resequez cerebral y con mis padres aireando sus dudas sobre el examen en voz alta, sabía que empezaba un mes corto muy largo.

                Los primeros días tratas de abarcar la gravedad de la situación. Intentas acordarte de preguntas concretas y te convences a ti mismo de que están bien. La ansiedad sube y te decides a corregirlo por tu cuenta (error!). Te salen unos 20 fallos. Ay la leche. Cuando la ansiedad toca techo buscas entretenimientos adicionales (acierto!). Marché a Cáceres a reencontrarme con mis FEAs de cuando estuve en prácticas (gente muy pintoresca y diversa, un equipazo, siendo mi estimada Trini el paradigma de todos ellos). Te animan y te hacen ver que igual has aprobado. Pero en el autobús de vuelta a casa te entran ganas de repasar el examen otra vez. Te pillas otras catorce o quince mal. Mierda, esto no va bien, lo he petado. Tiras de estadística y el pronóstico te es favorable solo de puntillas. Y todavía quedan tres semanas para que esta pesadilla acabe.

                Salen las correcciones provisionales el día 11, tras un Domingo de Carnaval gris, lluvioso, sin desfile. Quizá acerté no encorsetándome mi traje favorito, el de soldadito medieval, aunque los motivos eran otros. Aquella noche se me atragantaron los churros (no malpenséis, es que por mi tierra cuando hace frío cenamos churros los domingos por la tarde). Pero la plantilla de respuestas correctas se parecía a mi examen más de lo que yo había previsto, lo que mejora las expectativas. Tu alma te dice que sí, que sí, pero tu sentido de la prudencia que no, que no. Mato el gusanillo estudiando inglés (por si hay que poner pies en polvorosa) y me alejo de las redes sociales para que la gente no me hiciera daño con las preguntas mamporreras (¿y qué has sacado?) ni me dieran a conocer los resultados de los demás. No debí alejarme lo suficiente cuando me enteré de que cinco o seis tenían mejor nota que yo. Como solo hablé con dos personas en todo este periodo (Ena y Adolfo), eso echaba por tierra las estadísticas. Si multiplicas esto por aquello y te llevas esto de más allá, por lo menos te salen doscientos y pico por encima, la cagaste, pero bien cagá. Más inglés. Me he visto películas en inglés como nunca (Happy feet, Pet sematary, las tres de Madagascar, esa de Bayona que va del tsunami de Asia…). Y así conseguí mantener la cabeza fría, a pesar de las continuas preguntas de vecinos agoreros cuando me veían por la calle (¿Y ya tienes los resultados? Eso no lo sacas, hombre, no ves que está amañado / que hay mucha gente / que las van a quitar / … ). Mejor me apunto al paro (y así lo hice, de hecho, ahora mismo figuro como tal, si ha subido el paro juvenil del 55% es por mi culpa).

                Y el tiempo, una vez más, fue quitando de la cabeza esas nubes propias de personas que, aunque son en general positivas, a la hora de la verdad son pejiguerosamente negativas, tal es mi caso. Primero las impugnaciones, que me suben dos puntos y mejoran el pronóstico. Y por último, esa noticia que me llegaba a media tarde del 28 cuando iba con mami paseando el chucho por el campo, hablando del tema. El top 10 es proporcionalmente inferior al del año pasado, e incluye dos de aquellas cinco o seis calificaciones que me comentaron anteriormente (una de ellas la del Excelentísimo Señor Adolfo Magraner Martínez, quien encima se ha sacado esto totalmente a pelo, au naturel). Está en el bote. Y ni aún con esas acababa la pesadilla. Negativismo hasta el final. Pero, como digo, todo acabó bien.

                Este relato, confuso, largo, mareante, se corresponde al de un mes de Febrero en la vida de un opositorcillo humilde que busca un trabajo en tiempos de crisis, cuando unos y otros han dejado el país hecho una puta porquería y no hay chamba para nadie. Es el relato del miedo y de la esperanza, de la eterna lucha entre positivismo y negativismo. Y seguramente es un relato parecido al de muchos otros FIRes, pero también MIRes, BIRes, EIRes… Eso sí, lo de la fanfarria de Super Mario cuidadosamente preparada para sonar en el momento adecuado es made in my head, patentado, único. Por ahora, toca celebrar que pronto seré farmacéutico interno residente. Toca felicitar al resto de compañeros que han corrido semejante suerte, y apoyar de forma calurosa a aquellos que han quedado en el camino (un mundo despierta cuando otro se apaga). Toca dar las gracias a los que han estado ahí, desde tus padres (que como ven que un hijo se va igual no se alegran tanto) y amigos hasta la academia (farmaFIR, la recomiendo desde aquí, cómo no). Toca repetir una y otra vez entre la familia y por la calle eso de ¡he aprobado! (callándote algunas veces un ahora vas y lo cascas, un buen zas, en toda la boca o un jódete y baila, gran puta / so payaso).

Y disfrutar de esa sensación de tranquilidad cada vez que lo cuentas. De que el mes más largo ha dado paso a Marzo. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Recogida de firmas contra la 'ESO de los 1000€' del Gobierno de Extremadura

Recientemente, el Gobierno de Extremadura ha tomado una medida que resulta hiriente e indignante para todos aquellos universitarios, actuales o ya titulados, que con esfuerzo están obteniendo su licenciatura, diplomatura o graduado, o bien ya lo han obtenido. En un tiempo donde se fuerza a racionalizar el gasto y a recortar en todo lo habido y por haber, el ejecutivo de D. José Antonio Monago Terrazo (PP), quien gobierna en minoría desde 2010, ha decidido otorgar 1,000 € a todos aquellos jóvenes desempleados que quieran obtener el título de Educación Secundaria Obligatoria en tan solo 35 semanas. Ciudadanos como yo creemos que se está mercantilizando el título llevando a cabo una medida que no solo es populista, si no que está mal orientada. Duele, especialmente, porque se da en unos ocho meses la ESO a aquellos que, en pleno boom del ladrillo, salieron de las aulas (aún siendo ilegal abandonar una educación considerada por Ley obligatoria) para apuntarse al carro del dinero rápido. Duele, especialmente, porque jóvenes con gran formación aún no han recibido siquiera una primera oportunidad en el mundo laboral, y las pocas que tienen están siendo pasto de los recortes (recordemos que este mismo gobierno se ha ventilado la friolera de 145 plazas MIR para la convocatoria de Febrero de 2013, cuando con el presupuesto de la medida en cuestión, 3.9 millones de €, se podrían haber mantenido unas 30 y, así, haber dado trabajo durante nada más y nada menos que cuatro años a gente que realmente se lo ha ganado). Es, en definitiva, un insulto a los que optamos por estudiar, y encima invita a los jóvenes a dejar ahora el instituto para agarrarse a esta medida más adelante.

Quedarse en silencio, en casita, como le gusta a Maríano Rajoy para que demos una imagen maravillosa y apacible de la tan manida Marca España, no sirve. Como poco, que se nos oiga digitalmente. Después del éxito que han tenido otras campañas de recogidas de firmas a través de change.org (la última, la retirada por parte de Mierdaset España, propietaria de TeleCirco, de una demanda contra un ciudadano que llamó al boicot contra el programa 'La Noria' por pagar 10,000 € por una entrevista a la madre de un presunto delincuente) es, cuanto menos, esperanzador, firmar contra la medida que plantea el gobierno de Monago para que, como poco, se nos tenga en cuenta y, si no es posible ya la paralización, que no se repita en sucesivas ocasiones. Los ciudadanos queremos medidas reales, y no trampas que ofenden a buena parte de la población y que encima tienen la misión de desinflar las cifras de paro juvenil con fines electoralistas. Son ya varias las asociaciones que buscan firmas para esta causa, he encontrado este enlace en change.org en el que podemos firmar todos, seáis o no de Extremadura (las autonomías reciben dinero del Estado, que no se nos olvide que ese dinero es de todos).El enlace, aquí:

http://www.change.org/es/peticiones/contra-el-plan-para-la-obtenci%C3%B3n-del-t%C3%ADtulo-eso-a-raz%C3%B3n-de-1000-en-extremadura#

sábado, 10 de noviembre de 2012

The sleeping village

Voy a apearme del largo camino al FIR para tomar aire. Sobre todo ahora que me estoy llenando la cabeza de bichos y, como recordaremos de Los Simpsons y el episodio aquel en el que declaran totalmente inmune al Sr. Burns, cuando muchos microorganismos intentan entrar por la misma puerta a tu cerebro acaban por apiñarse en el marco y no logran acceder... Es puerta la abro y la cierro todos los días, de lunes a sábado y un rato el domingo, en la que ha sido mi casa durante - casi - toda mi vida. Desde mi pueblo. Desde donde escribo ahora mismo. Ah, los pueblos... ¡qué lugares! el que no haya vivido en uno no tiene ni idea de cómo son las cosas por aquí, nada más que de oídas. La gente pasea por las calles tranquila y sonriente, yendo de acá para allá, a veces con motivo y a veces errantes o simplemente por diversión. Tienes campo pa' corré y para llevar al perro a que desorine y persiga unas cuantas ardillas y le huela el trasero a sus homólogos. El aire es fresco, disfrutas más de la climatología y tal... ¡Si es que son geniales!

Pero hay un pero, un matiz a eso último que he dicho: son geniales para dos días. Lo son para unas vacaciones. Y es que uno de los motivos con que me espoleo a diario para estudiar lo máximo posible y conseguir una de esas 273 plazas de farmacéutico en un hospital público es que una nota alta sería la llave definitiva de mi libertad. No solo supondría el fin - o la pausa, a fin de cuentas un profesional sanitario jamás deja de estudiar y aprender - a más de dos décadas con un lápiz en la mano y con los ojos puestos en el negro sobre blanco. Si no también porque supondría salir de este lugar donde, para una persona joven como yo, ni hay opciones ni hay libertad. Los que me conocen saben que soy un tipo diferente (y no digo raro, si no diferente, dándole la vuelta a la manidísima canción de Fito, o como yo lo llamo, MeRepito) y que la madrugada está para mí la última en la lista de opciones de ocio. Y en un pueblo oiga, madrugada tienes. Bares, veinte o treinta para seis mil personas. Pero no hay cine, por poner un ejemplo. Y a mí me gustaba ir cuando estudiaba la carrera; de hecho, me entra nostalgia de aquellas tardes en las que íbamos al cine Marta - se que lo leerás así es que te mando un fuerte abrazo a ti y a los tuyos - y Carmen y Tabea y María y, en ocasiones, mis compañeros de piso. Hay algunos bares que medianamente se parecen a aquellos en los que echaba yo las tardes en Salamanca, pero me faltan aquí 1 el tiempo y 2 las personas con las que tanto rato disfruté en ellos. También me gusta caminar, hasta hartarte, y ver edificios y calles y tiendas y gente pasando, pero aquí las tiendas que hay son el Día% y el Spar, la de bragas que tiene Pepe y alguna librería con el escaparate forrado de cromos de Bob Esponja. Tienes el campo, que a mi personalmente me encanta, pero créeme que llega un momento en que te hartas de ver lo mismo, a veces pienso que conozco a las cientos de ovejas que se me aparecen cuando voy a correr y que podría ponerles nombre a cada una, que a la mañana siguiente todavía me acordaría. En fin...

Tal es la monotonía del lugar que, como Kant, la mayor parte de sus ciudadanos hacen todos los días exactamente lo mismo. Y yo, por circunstancias, me veo contagiado. Mis días en el limbo del candidato a residente comienzan a las 8,20. Con la misma melodía del despertador haciéndote pegar el mismo brinquito cuando duermes mirando siempre al mismo lado (no sé como empiezo boca arriba y acabo tumbado del lado izquierdo, no lo entiendo). Me levanto, voy al baño, me enfundo mi trajecito verde de salir a correr mientras el Sports Tracker calienta el GPS, me enfundo los auriculares, la gorra y los guantes y marcho a dar el paseo. Siempre por el mismo camino. Otra gente sigue la misma rutina pero en sentido inverso (de hecho creo que soy el salmón del grupo, empiezo la ruta al revés que todo el mundo. Les he puesto motes. Justo antes de entrar en camino rural tenemos al viejecillo demasiado simpático, el que primero encuentro todas las mañanas, justo al lado de un busto de bronce que, ¡oh sorpresa!, aparece cada mañana con un gorro (el busto, no el señor) a cada día más estrafalario: unos días tiene por montera unos cartones rollo grunge, otros una naranja estripada como si tuviera complejo de exprimidor, una bolsa (será para no mojarse el peinado) e incluso un día tenía un cono de plástico de los de las carreteras. Volviendo al señor, todas las mañanas me dice: ¿ya vas? y yo contesto: ya voy. Y hablamos medio minutín de si llueve más o llueve menos o de si habrá setas o espárragos. Sigo caminado un pelín rápido (para ejercer el adelantamiento) y me adentro en el camino. Aquí ya depende del día, pero poco varía. Tenemos al tío con pinta de profesor que me saluda como con desgana, a las supremas de Móstoles (tres marujillas que empiezan la mañana con mucha marcha), al de las ovejas, otro grupo que lleva un perro que se me tira encima y me mancha de barro los pantalones, un chaval bastante fuertote que va a correr como yo... y mis favoritos por goleada, los hermanos amargura (en inglés, los bitterness brothers), un chico y una chica de unos treinta a los que dejé de saludar porque me miraban con mala leche y pasaban de mí, como si mi hasta luego - casi de obligado cumplimiento en el pueblo - les hubiera roto esa maravillosa burbuja de luz en la que parecen vivir. Entre que los ves y no vas caminando, comiéndote el paisaje con la mirada pero a la vez temiendo encontrarte colgando de un árbol algo que no es precisamente un fruto (se ha puesto de moda columpiarse con una soga por aquí, será la crisis...) Sin darme cuenta llego a la huerta de mis abuelos. Conversación de minuto y medio. Sigo mi marcha. Llego a lo de mis tíos, justo a la entrada del pueblo. Conversación de minuto y medio. Sigo la marcha. Y me topo con el señor lelillo que me pone los pelos de punta. Aparece una o dos veces por semana pero siempre me pregunta lo mismo. Que dónde está mi abuelo, que qué he estudiado y que por qué no tengo trabajo. La primera vez le expliqué por encima el asunto de las oposiciones con algo de detalle. No se enteró. La vez siguiente le dije que a ver si me cogían en un hospital, que como están las cosas... y no se enteró. Ya le digo que estoy en paro y que le den por saco (esto último lo pienso). A veces tenemos alguna guess star, a destacar la vieja que, no sabemos como, me reconoció después de 5 años fuera del pueblo (cosa que muchos de mis compañeros de clase no logran) y le empezó a decir a uno que pasaba por allí que yo era muy listo y muy bello. Llego a casa (pensando en lo que hay que aguantar a veces) sintiéndote parte de un show. Me ducho. Desayuno. Y aquí la cosa se simplifica por las siguientes doce horas: estudiar ··> comer ··> super mario y serie en inglés ··> estudiar ··> merendar con Doraemon (lamentándome profundamente que ingenios de los 90 como el gorrocóptero o la puerta mágica hayan pasado a un segundo plano superados por gilipolleces absolutas como el espejo arrancapelos o el cultivador de boniatos) ··> estudiar (curiosamente en este bloque me despisto con frecuencia con un vecino que sale a fumarse un piti de cuando en cuando y llama fea a otra vecina, enzarzándose ambos en un duelo que persiste en el tiempo hasta que la muerte los separe) ··> cena con El Intermedio ··> estudiar again ··> mirar el WhatsApp ··> vaso de leche + lavado de piños + coger la postura otra vez, que toca dormir. Día sí, día también.

¿Y por qué the sleeping village? Se me viene a veces a la cabeza al pensar en todo esto el nombre de una stage de mi videojuego favorito, el mítico MediEvil de la PS1. El malvado Zarok, recién levantado de su mausoleo para dominar la vieja Gallowmere, había echado un embrujo a los habitantes del pueblo con la misión de atontarlos y de lanzarlos unos contra los otros para el autoexterminio. Así (así) comenzaba Daniel Fortesque su paseo por el pueblo durmiente. Se me antojan coincidencias en varios aspectos. Como en aquella villa medieval de la ficción, en los pueblos se vive como en un microcosmos que lo parece todo, como si no hubiera más allá. Sólo unos pocos privilegiados - los jóvenes, mejor dicho, algunos jóvenes, y poco más - salen y entran rompiendo su atmósfera alguna que otra vez. Pero ni esto ni la monotonía zombificante me crujen tanto como las gentes de los pueblos. De todos. Quien dijera que lo mejor de los pueblecitos son sus habitantes se quedó más a gusto que habiendo parido. Creo, y seguramente muchos coincidan, en que aquí la gente es simpática y agradable por delante, pero están esperando a que un ciudadano se salga un poco de la media para apalearlo en la plaza, para juzgarlo sin piedad como si cada cual no tuviera defectos, y lo observo y lo compruebo a diario. Seguro que para muchos debo ser el hijo de Juan, pobrecito, que tan listo tan listo y con cinco años de carrera pero está metidito en casa y en el paro porque nadie lo contrata. Y así con todos. ¿Que te divorcias? Montarán varias ediciones especiales de Sálvame Deluxe al brasero buscando las razones - e inventándoselas, qué mas da. Tu mujer una puta, tu un cornudo, sea verdad o mentira. ¿Que te han dejado en el paro? Pobrecitos, a ver qué hacen ahora (mientras sus mentes dicen que se jodan). ¿Que vas a salir del armario? Cuidado, si por algo destacan los pueblos es por su machismo y cerrilidad. ¿Que te pica el qué dirán? Definitivamente este no es tu sitio.

En resumen y conclusión, un pueblo es bueno para dos días, para una semana. La quincena ya rasca. Y cuando estas en ellos más tiempo, especialmente si vienes de ciudades tan espectaculares como Cáceres o Salamanca, o te disuelve su dinámica o, como en mi caso, te sientes incómodo de formar parte de ella, deseando de marchar a un sitio más abierto, más entretenido, más plural, más libre y con una atmósfera que no sea tóxica en dosis prolongadas...


Así es que a seguir con los bichitos, mi billete a la libertad...

sábado, 9 de junio de 2012

Alerta... ¡roja!


Esta tarde, a las siete y media, llegaba una noticia que, cuando aterrizó en otros países, puso los pelos de punta – y con razón – a más de uno. El Govierno (has leído bien) de España ha tenido que dar su brazo a torcer, ha tenido que dejar de un lado el orgullo que lo caracteriza, para rogar a Europa que el continente entero pague por la gloriosa (mierda de) gestión bancaria que durante años se ha mantenido en esta miraculous Spain que no resultó ser más que un sueño. Resacosa, España comienza a levantarse a trancas y barrancas de la cama para ir al médico. La receta, cien mil millones de euros. Y tendrá que devolverlos como sea.

En ocasiones se dice que se tiene lo que se merece. Y España, como país, como conjunto, quizás tendrá que pagar la penitencia que lleva en un pecado que se extiende en el espacio y en el tiempo. Obviamente, como todo país, está integrado por un microcosmos de personitas diferentes entre sí, pero una visión de conjunto de éste en el que vivimos no arroja precisamente una buena imagen. Reconozcamos que España es un país orgulloso, muy flamenco, con un complejo de superioridad que empieza con la llegada a América y con el que se ha dado de bruces en numerosas ocasiones, la última vez en la actualidad, cuando ha pasado de ser una (supuesta) potencia económica relevante para Europa a darle serios problemas al continente. Es un país no vago, sino más bien paradito. Nos va la fiesta más que a un tonto un lápiz. En Cuarto milenio dicen que es preocupante el ingente número de casos de abuelas que mueren cinco veces para que sus nietos, fingiendo que han ido a su entierro, se tomen el día libre para irse, en realidad, a tocar las palmas delante de una virgen de escayola (y, de paso, a ponerse como Las Grecas, y me súa la poia y los cohones que en la Biblia – Gál 5, 19-21 – digan que a Dió no le guhtan los ehcezoh). Desgraciadamente, no es una leyenda urbana el que un pueblo de Extremadura haya decidido en referéndum gastar 15,000 € en corridas de toros antes que dedicarlos al dañado empleo local. El nuestro es, por si fuera poco, un país pícaro, donde, como dice mi abuelo, todo el mundo es honesto… hasta que le ponen a tiro un montoncito de dinero ajeno. Aquí roba hasta el más tonto. Del más probe a aquel que se hace llamar Mr. Liebert en sus negocios para no manchar el real apellido Urdangarín. Pero no solo eso. Parte de esa picaresca está en que cuanto más sisas, menor (que no mayor) es el castigo que te ponen. Para muestra un botón: va un señor (algo tocado, todo hay que decirlo) y se lleva un chupete y un biberón de una farmacia, y le caen nueve meses de cárcel. Va otro, metido hasta las patas en una trama de concesión ilícita de contratos con dinero público, y ¡qué cosas! Sus amiguitos los jueces deciden que sea un jurado popular (y, seguramente, tan ppular) quien decida su destino. Resultado: 4-5, queda usted en libertad sin cargos. Igual se encontró los trajes debajo de un naranjo… Es vox populi, y desde siempre se ha dicho: Spain is different. Esa frase que en tantas camisetas aparece se nos ha vuelto un poco en contra de un tiempo a esta parte.

Pues eso. Que por ser nos como somos, torpeza infinita, pasamos a ser propiedad de la Unión Europea. Por haber vivido a lo loco, por encima de nuestras posibilidades, y por no verlas venir, vienen años muy áridos. Hoy queda claro que nuestro país pasa a engrosar, con Grecia, Irlanda y Portugal, el pelotón de los perdedores de esta guerra abierta de poder en Europa. ¡Pero no pasa nada! Mañana domingo ‘la Roja’ se estrena contra Italia en la UEFA Euro 2012. Cerca de 10 millones de ovejitas se pondrán delante del televisor a ver cómo el esférico va y viene, va y viene, vuelve a ir y a venir, hipnótico. Italia o España, sólo una de ellas se proclamará nación más grande e intergaláctica del espacio exterior. De mierda hasta las cejas, sí, pero España es el mejor país del mundo desde 2010, así es que no pasa nada. Los jugadores, muchachitos jóvenes, con más bien poquito cerebro (juzguen), reciben cantidades desorbitadas de dinero por darle cuatro patadas a un balón y se casan con modelos de pasarela. Se convierten en objeto de culto para los españoles durante unos días, son más sagrados que Dios (cágate en el altísimo, que nadie te dirá nada, pero sal mañana por la tarde a la calle ahora y di algo negativo sobre Iniesta o la selección, que vas a ver dónde te saltan los dientes…). Quizás esos dioses terrenales sean, en parte, fiel reflejo de la España de la que yo hablaba: orgullosos, la mayor parte de ellos fiesteros, y muy, muy pícaros (hay que serlo para llevarse a Austria la prima de 214,000 € que recibió cada uno con el fin de tributar un 20% allí en lugar de hacerlo con un 43% en España… ¡Yo soy austriaco, austriaco, austriaco!).

En fin. El lunes irá Manolo a trabajar, con la resaca de la selección y del Corpus Christi, y le dirá, orgulloso de sabe dios qué, a Klaus: ¡Soy Español! ¿A qué quieres que te gane? Si yo fuera el alemán le diría: a gestionar la economien, gilipollen.



sábado, 21 de abril de 2012

Cien días (y los que te rondaré, morena)


El día 20 de Noviembre, coincidiendo con el aniversario de la muerte de un dictador, los españoles, haciendo uso de su derecho y deber democrático, decidieron que la era Zapatero debía llegar a su fin. La izquierda, brutalmente golpeada en las urnas, se resignaba y reconocía los muchos errores cometidos durante la segunda legislatura socialista, mientras que la derecha afrontaba con ilusión el reto de devolver España a un puesto clave en el desarrollo. Promesas infinitas por cumplir que traían la esperanza a un país severamente castigado por una crisis económica que explotó en la cúspide de la pirámide pero que acabó desmoronando a la base, jodiendo a los de siempre. Subir pensiones. Optimizar la sanidad y la educación sin mermar su presupuesto. Mantener e incrementar derechos. Todo precioso. El programa perfecto, la circunstancia perfecta. Mariano aparecía un mes después en el Congreso para inaugurar la XI legislatura con una holgada mayoría absoluta. Ese 22 de Diciembre nos tocó a todos el Gordo.

Sería la última vez que lo veríamos en semanas, en bastantes semanas. Esperaron a que nos comiésemos el turrón, a que anduviéramos hartos para no aguarnos la fiesta. A principios de año, con Soraya al frente, se ponen todos de acuerdo y nos hacen saber que las cosas están peor de lo que ellos pensaban. Que el gobierno de ZP, el eterno culpable, había maquillado números. Que la casa tenía más mierda de la que habían esperado. ¡Pero tranquis todos! los Sancti Popularii vienen al rescate. La tremenda e inesperada herencia socialista, el huevo que cagó una irreconocible izquierda durante cuatro años, se convierte en el huevo de oro para el nuevo ejecutivo. La piedra angular sobre la que justificarán todo lo que tenían en mente. El pilar encima del que limpiarse el culo con el programa electoral que un mes antes les llevó al gobierno.

Nunca antes un gobierno perdió intención de voto en su primer mes de estancia. La sangría fue escasita. Pero hablar de ocho puntos menos tras solo tres meses de mandato dice mucho – demasiado – sobre lo que los propios votantes del PP opinan de lo que están haciendo. La palabra mágica, el mantra con el que pretenden arreglarlo todo, es recortes. Contener el gasto y ahorrar. ¡Qué hay más lógico que esto! En cualquier casa ajustadita el ahorro es la primera medida que ha de tomarse para salir adelante. Pero, como decía Aristóteles, todo ha de venir en su justa medida, quedar en el término medio. Y esta gente está podando todas las hojas del árbol, no va a dejar ni una, y, sin fotosíntesis, el riesgo de muerte es mayor que nunca. ¡Qué hay más lógico que esto! Marianico el Recorto mete la tijera en Educación. Manolo, profesor, a la puta calle (lo que obliga a Pepita a hacinar alumnos en el aula). Manolo al paro. Le da por llover, y el tejado de Manolo gotea. Manolo prefiere poner un cubo y aguantarse hasta que el Espíritu Santo arregle esto. Manolo no contrata un albañil. El constructor no tiene obras, ya no necesita a sus empleados. Paquito a la puta calle. El niño de Paquito acaba en mala hora el bachillerato y quiere estudiar. ¡Qué coño, si la Universidad está más cara que nunca! Nace un nini a la fuerza. Y unos cuantos profesores de facultad a la puta calle. Y la pescadilla se sigue mordiendo la cola mientras los españolitos se muerden las uñas y se comen los mocos… Caerán educación (-3,000 millones), sanidad (-7,000 millones, ¡hola repago!), I+D+i (-25%) y cooperación internacional (-40%). Pero ni hablar del peluquín de tocar a los aliados: el ejército (-8%) seguirá paseando la cabra sin muchos problemas; la Casa del Rey (-2%) seguirá tapando lo mejor que pueda los viajes a Botswana del Rey, y lo que es peor, seguirán las prédicas de la Iglesia Católica (¡¡-0%!!) sobre ese ser mitológico que es Jesús, y más cómodamente que nunca. ¡A lavar cocos se ha dicho!

Pero no se han conformado con sacar la tijera. En el nuevo gobierno se ha quitado la máscara hasta el señor Gallardón. Un político que me encantaba, un hombre de centro-derecha, moderado de verdad, respetable. Hasta que se ha puesto a decir tonterías y absurdeces sobre la mujer: que si existe una violencia estructural (¿!) que empuja al aborto, que si la mujer sólo es mujer completa cuando pare… Hicieron a ñicos esas máscaras con una reforma laboral que pone a huevo el despido ¿para estimular la contratación? y que nos aleja a los jóvenes del acceso al mundo laboral una vez terminamos la carrera. Una reforma para (que la CEOE consiga) gobernarlos a todos. Y mientras que este huracán de medidas apenas ha sacudido los pocos pelos que le quedan a Emilio Botín en la cabeza, mientras que a los que han estafado a hacienda de gordo se les va a perdonar si traen a España el dinerito que han blanqueado para que los banqueros disfruten de él, se esperan medio millón de parados más para fin de año. Y los impuestos suben, a veces de forma encubierta. Y hasta la Fundación de Cajas de Ahorro de España (FUNCAS) da por hecha una pronta subida del IVA hasta el 25%.

Y como esto no hay quien se lo trague… ¡vamos a controlar mentes lábiles! Y como ni Sálvame ni el enésimo Barça-Madrid resultan suficientes para eclipsar semejante bulto, ¿qué mejor que asaltar la radiotelevisión española? Volvemos al NO-DO. A los tiempos de Urdaci. Se acabó la etapa más espléndida de una TVE que cae en picado desde que llegó Mariano al gobierno. La TVE que, con Lorenzo Milá y Pepa Bueno, ha cosechado el premio internacional a mejor informativo ¡del mundo! en 2009 y ha quedado en segundo puesto en 2010 y 2011, superando, entre otros criterios, el de la imparcialidad. Volvemos a los tiempos de ‘nah, esto son unos hilillos’ y del ‘se han encontrado cintas del Corán al lado de los detonadores y Al-Jazeera ha recibido un vídeo de Ben Laden reclamando la autoría del atentado… ¡pero ha sido ETA!’. La tele pública se convierte en la alternativa a Intereconomía. Quién sabe, lo mismo en Eurovisión 2013 Bertín Osborne se marca una canción sobre lo bello y hermoso que es el arte del toreo…

España está hasta los huevos. Sus políticos no dan la talla. La derecha se mata en las gráficas mientras que una oposición sin rumbo no remonta el vuelo, y en vez de renovarse y proponer nuevas ideas y nuevos líderes punteros, elije a los perdedores de las últimas elecciones (¿qué hacen Vara en Extremadura y Rubalcaba en España al frente del PSOE?). Nadie parece tener lo que hay que tener para aplacar al dragón de la crisis. Aznar sembró el problema con la ley de suelo, Zapatero lo regó y abonó en vez de verter herbicida y arrancar el asunto de raíz, y ahora Mariano usa las tijeras para todo menos para podar la planta carnívora que ha crecido en este jardín y que nos va a roer a todos. Sigue así, Mariano. Aúpa a los curas. Deja sin atención sanitaria al sin-papeles. Priva a las clases media y baja de la educación universitaria. Alimenta al gordo y deja morir al flacucho. Ríele las gracias a la ultraderecha. Sigue así, que España pedirá pronto la cabeza de tu partido. Mucho pronunciaste lo de ‘anticipar elecciones’, pero puede que lo escuches muy pronto (¿en menos de un año en Extremadura?). Y que pase el siguiente, a ver si a la tercera va la vencida…

Se buscan políticos de verdad. De los honestos y buenos. De los que sirven al pueblo. De los que cumplen lo que prometen. De los que explican sus decisiones. De los que dan la cara cuando hay problemas. De los que ya no existen. 

miércoles, 4 de abril de 2012

Día gris


Miércoles santo, amenaza lluvia. España, uno de los últimos bastiones católicos que aún quedan en pie en la vieja Europa, celebra la Semana Santa, esa fiesta en la que las calles se pueblan – con el permiso de Paco Montesdeoca y Mario Picazo – de turistas, de nativos que regresan a sus casas… y de figuritas ensangrentadas, lastimeras o con lágrimas de dolor de tamaño extra grande. Tambores y música enlutada por todos lados. Dicen que celebran la resurrección de su mesías (resurrección que fue ideada centurias después por los concilios para hacer más contundente el relato del Nuevo Testamento), pero para mí que interesa más el tramo que va desde que lo enganchan en el Huerto de los Olivos hasta que lo clavan en una cruz. Vende más la muerte y el dolor.

Mi pueblo está hoy triste, son varias las razones. El tiempo no acompaña, un montón de nubes no nos dejan ver el sol. A las doce de la mañana doblaron, por primera vez hoy, las campanas de luto. Uno puede pensar que se trata de uno de esos rituales en los que se reúnen un montón de viejecitas y se regodean en lo turbio de la historia que estos días se rememora, pero no. Es un funeral por una persona de verdad. A las cuatro y media de la tarde, vuelven a sonar, ya es el segundo. A la vuelta de pasear al perro, cuando me dispongo a entrar en mi casa para estudiar un rato farmacología (ya ando preparando las oposiciones, con permiso de Mariano), me encuentro con que todos mis vecinos están en sus puertas, mirando todos al mismo punto. Me da por asomarme y me encuentro con un cortejo fúnebre de los que ya pocas veces se ven. Una señora de 88 años, vecina nuestra, murió ayer tras unos meses de enfermedad. Cargada la caja en la parte trasera, el coche fúnebre comienza a avanzar, despacito, mientras que unas cien personas caminan detrás, algunas llorando, otras con gafas oscuras para disimular la procesión que llevan por dentro. Así, a las cinco y media tenía lugar el tercer entierro del día. Seis. Me encuentro escribiendo estas líneas y las campanas vuelven a doblar en el mismo plan. Un pueblo lleno de dolor se encamina, por cuarta vez hoy, a la iglesia. Esta vez lloran a alguien que no debería estar allí, un chico muy agradable que no alcanzó la mayoría de edad. Entretanto, yo en casa, inquieto. Imaginando todo el dolor que hoy ha desfilado por ese edificio, no consigo acordarme del nombre de ni uno solo de los antihistamínicos.

La fallecida que ha pasado por delante de mí era María, una vecina de las más agradables, a mi hermana y a mí nos tenía un cariño enorme. Volviendo la vista atrás, recuerdo haberla saludado no hace mucho en la puerta de su casa, de la que hoy salía por última vez. Me he quedado alucinando. Igual con el chaval. Aunque lo conocía de poco, hoy me es difícil asumir que no voy a verlo otra vez bajar por mi calle y saludarme como acostumbraba. Son cosas que nos recuerdan que los que hoy estamos, mañana podemos no estar, sin excepción. Nadie se le escapa, tarde o temprano nos encuentra, y no hay ciencia ni religión que se haya burlado de ella aunque retrasen su llegada o consuelen a los que la han conocido de cerca. Hace que nuestros conocidos pasen a ser un bonito recuerdo del pasado, que cuando viene a nuestra memoria hace que se nos encoja el estómago y nos acordemos de aquello del tempus fugit. Destroza vidas, las de los que se lleva y las de los que quedan. Comete el crimen perfecto: millones y millones de años y todavía nadie conoce qué ocurre con los que se lleva. En días así la muerte nos deja tristes. Si tienes suerte y las campanas no suenan por uno de los tuyos, todavía puedes reflexionar sobre lo que ocurre, sobre el hecho de que estamos aquí de paso, sobre el sentido de todo esto; si no tienes suerte, cuando sales de la espiral de dolor en la que te sume el luto malamente te acuerdas de lo ocurrido en las exequias.

Y es que, si nos ponemos a relativizar, no somos nada. Por la ventana, veo a más gente de negro dirigirse a la iglesia (a ver si algún día establecen el funeral civil en este pueblo). Aún así, en medio de todo, por las nubes aparecen algunos rayitos de sol, y es que después de una tormenta siempre acaba por llegar la calma. Ellos, los que se van, quedarán siempre en nuestros corazones; a fin de cuentas las experiencias que compartimos nos han construido como personas. Y no podemos hacer más que recordarlos, hoy por hoy es imposible cualquier otra cosa. Los que quedamos por aquí tenemos que continuar caminando, disfrutar de cada día no como si fuera el último, sino como si fuera el primero. Cuidarnos y cuidar de los demás para evitar, en todo lo posible, la llegada de la parca. Y seguir buscando un sentido a la vida y a nuestra vida, cada uno en lo que quiera: en las personas, en la ciencia, en las religiones… A fin de cuentas, todos acabaremos conociendo qué hay después, sin excepción.

Hoy ha sido un día gris. Lo mismo mañana sale el sol.

sábado, 25 de febrero de 2012

Press start to play


Febrerito el corto se me iba sin dejar una entrada que alimente este rinconcito de la web que a pocos interesa (y por eso me gusta). Es curioso, porque con la situación que tengo ahora mismo – prácticas de fin de carrera en un hospital extremeño – tengo infinitamente más tiempo libre que el que tenía cuando la USAL me hacía pasarme con los codos pegados a la mesa de sol a sol (literalmente). La verdad es que no me ha cabreado nada últimamente (y por todos es sabido que la musa bloguera sólo me visita cuando me enfado), así es que hoy toca tema blanco.

Debían aburrirse mucho Aleksei Pazhitnov y sus amigos en su estancia en la Academia de las Ciencias de Moscú, en el corazón de los 80. Sería el frío, o lo que fuera. El caso es que un buen día, quizás mientras se la tocaban a dos manos, se les ocurrió una idea que mantendría entretenido a medio Occidente durante horas y horas a lo largo de los siguientes años. Piececitas con formas sencillas formadas por unidades cuadradas simples caen desde cielo abierto dando tiempo suficiente para rotarlas. Después, caen en la tierra, unas sobre otras, formando líneas que desaparecen si están completas. Nace así el tetris, cuyos derechos de autor pasan a formar parte del gobierno del Kremlin (cosas del comunismo). Sería uno de los primeros de una enorme ristra de videojuegos, esos programitas ejecutados en consolas que tantas horas de diversión, incluso obsesión, han proporcionado a la humanidad desde entonces.

Mi relación amorosa con ellos comienza a mediados de los 90. Cuando mis padres me llevaban con ellos a comer de tapas los domingos, me quedaba embobado con aquellas máquinas en las que había que echar una moneda de veinte duros para jugar un rato. A veces, ellos o mis tíos se sentaban conmigo y, en efecto, le ponían las cien pesetas a la máquina para jugar un rato (ellos, yo miraba frustrado mientras me decían que yo era muy chico para esas cosas, y que acabaría la partida en un momento). Eran armatrostes muy toscos, con botones de colores y una palanquita pequeña, a cuyos mandos se ponía, de cuando en cuando, algún adolescente noventero con cara de mal follado. Tardé en tener mi primera consola, una Sega Master System II desechada por un amigo de mi padre. Estaríamos en el 1996 o cosa así. Entre él y mi tío Edu montaron el trastajo en la tele de casa (la de cables que no tendría aquello), metieron un cartucho y, esta vez sí, me dejaron al mando de la situación. Me dio la bienvenida a este mundo una pantallita azul en la que ponía Wonderboy in Monsterland, que te pedía que le dieras a no sé cuál botón. Hecho esto, salía un muñequito semidesnudo que entraba en la tienda de una bruja que le daba una armadura y una espaducha. Después tenías que echarlo a andar por un universo plano que, a los ojos de un niño de siete años, parece poco menos que onírico. Cogiendo monedas y sacos de dinero. Comprando y vendiendo. Yendo al centro de salud a que le curasen las heridas y le llenaran la barra de corazones. Matando setas endemoniadas. Buscando rincones secretos donde se ocultase el pez gato que te daba una ocarina. En resumidas cuentas, todo un vicio, un motivo para que llegase el fin de semana.


Y digo fin de semana porque mis padres me restringieron el uso de la consola a dos horas en sábado y otras dos en domingo, preferentemente por la mañana. Hicieron de puta madre: si me dan carta blanca no hubiera tenido infancia, me hubiera pasado enganchado a aquella pantalla de por vida, y no hubiera tenido la que hoy es por mí recordada como la etapa más feliz de mi vida (con permiso de mi juventud, para mí comprendida entre los 18 años y nuestros días). Viendo que me gustaba el asunto, el día que me metieron el club de los chupacirios (a.k.a. primera comunión) me regalaron (para compensar semejante putada) la mítica playstation (hoy conocida como psone). Fue un placer agarrar aquel mando con tantos botones que vibraba y vibraba, pero todavía recuerdo lo mal que lo pasé cuando dio mi otra consola a unos amigos. Salían así de mi vida no solo Wonderboy, sino también Sonic the Hedgehog o Alex Kidd. Y dejaban paso a Spyro el dragón  o Sir Daniel Fortesque, este último protagonista de mi videojuego favorito, Medievil. Sir Daniel Fortesque, un esqueleto resucitado por accidente gracias a la maniobra de un malvado brujo hechicero – Zarok – recorre una decadente tierra medieval (coincidente con el actual suroeste de las islas británicas) destrozando con diferentes armas (mi favorita, la ehpada máhica que le daba una estatua con acento andaluz) a un ejército de zombis, dejando ver una historia muy bien hilada y de argumento variado. Sin exagerar, hoy puedo decir que me he hecho este juego unas veinte veces, en los veranos de mi dura adolescencia antes de ir a casa de mi prima a quejarme con ella y mis amigos de lo asquerosa que era nuestra vida.

 

Ya en Farmacia me sumo al Plumber Team: en segundo de carrera me cae la Nintendo DS, el complemento ideal para antes de irse a la cama en esas pseudovacaciones de pascua o navidad en las que te pasas día sí, día también estudiando unas doce horas. Qué bien me lo habré pasado con Mario Kart DS, la de risas que me he echado yo solito, como un puto perturbado mental, mientras jugaba al Mario Party DS. Con ella aprendí a jugar al ajedrez en las calurosas noches del verano extremeño. Y en cuarto de carrera, la Wii, toda una revolución. Toda una experiencia ese Mario Kart Wii con su volantito. Y, si quieren un videojuego bello, prueben cualquiera de los Mario Galaxy: explota al máximo las posibilidades del mando de Wii, tiene increíbles escenarios… pero lo mejor de todo: la música de orquesta que de fondo pone la Mario Galaxy Orchestra, no tiene ni el más mínimo desperdicio.

 

Tienen sus inconvenientes. A todos nos suena eso de los videojuegos radiactivos superepilépticos de Japón, esos en los que el mismísimo Picachu soltaba una castaña eléctrica y dejaba a los niños medio idiotas en el sofá de casa. A todos nos suenan casos como el de aquel inglés que murió de trombosis venosa profunda después de pasarse hasta doce horas diarias delante de la Xbox 360. Pero son casos raros, extremos; sólo padres ultraconservadores y rancios podrían generalizarlos para prohibir a sus hijos un poquito de diversión. La verdad es que, usados durante un tiempo decente (personalmente recomendaría seguir la estrategia de mis padres), los videojuegos pueden tener importantes aplicaciones. La primera de las que se me ocurren es la moralizante: los videojuegos están cargados de mensajes sobre el bien y el mal que no escapan a nadie. En la mayoría, el protagonista es el héroe bondadoso que lucha contra el malo (e.g. binomios como WonderBoy – MechaDragon, Daniel Fortesque – Zarok o Mario – Bowser) para salvar a su pueblo o a sus amigos. Se sacrifica y arriesga su barra de corazones por aquellos a los que quiere. Se esfuerza por llegar a la última pantalla. En este paquete podríamos entrar, aunque fuera con calzador, a esos videojuegos violentos en los que un par de chinos japoneses mandarinos se sacuden o en los que un soldado americano rapado le da pal’pelo a un terrorista islámico. Más cuestionables a ese respecto son otros como Asassin’s creed, que como tales están catalogados para adultos que (se supone) cuentan ya con una moral y una distinción del bien y del mal claramente establecidas. Otra es la orientación espacial que adquiere el jugador, que le permitirá más adelante entender con claridad las matemáticas vectoriales o, incluso, sacarse el carnet de conducir sin muchas dificultades. Por otro lado, el videojuego no tiene el por qué ser un acto solitario: ¡total no habré echado yo partidas al Tekken o al Smash TV con familiares y amigos! Y con una cierta edad te puede dar ideas sobre cosas a las que jugar en la calle o en el campo. Y hay más: ayer leí en el ‘Muy Interesante’ que hay estudios relacionados con la calidad del sueño que asocian a los gamers una mayor presencia de los llamados ‘sueños lúcidos’, aquellos en los que el individuo es consciente de que está soñando y puede dirigir el cortometraje en el que Morfeo le ha sumido. Esto hace menos incidentes las pesadillas, lo cual podría tener utilidad en el tratamiento del síndrome post-traumático, especialmente en menores.

Personalmente dudo que olvide aquellos sábados en los que un ratito de videojuegos precedía a una inigualable tarde de juegos en el campo, aquello era infancia. No olvidaré a Wonderboy, llevo un poquito de su valor y de su espíritu aventurero dentro de mí. Tampoco a Sonic, del que aprendí que hay que ir a por lo que quieres rápido como una bala pero disfrutando del camino. Ni a Daniel Fortesque, del que copié la perspicacia y el sentido del humor. Ni a Mario – ¡ni a Boo, mi personaje favorito! – y su constante alegría. A este paso, me veo con treinta y tantos, doctorado, con trabajo estable (uno que sueña), y con mi pareja al lado echando los dos una partidita… En su justa medida, el videojuego puede dar mucho. Muchísimo.