lunes, 7 de abril de 2008
Involución implícita
Puedo dar las gracias a la vida, al azar, de haber nacido en un lugar extraordinario para ser niño. Estudio en Salamanca, una provincia que queda por encima de Cáceres, que está por encima de Badajoz, mi tierra. A pesar de las muchas cosas que comparte Extremadura con Salamanca (no olviden que las divisiones son, en la mayoría de los casos, líneas imaginarias), todavía hay algún salmantino (ni mucho menos todos, hay gente simpatiquísima y estupenda con la que me alegro haberme topado) que, cuando escucha la palabra bellota en la facultad, se vuelve con desdén y te mira con una sonrisilla de desprecio como diciéndote: extremeño y feo, luego inferior a mi. ¡ Humíllate escoria !. Y, más que sentirme molesto, me da tanta lástima... Nunca sabrán lo inmensamente feliz que se es viviendo en un sitio tan puro cuando se es niño. Salir al campo - algo fácil en Extremadura - era el pan nuestro de cada sábado. Te pasabas la semana esperando a que llegara ese día para juntarte con tus amigos - en mi caso, con mis tres primas, Lucía, Irene y Rosalía, y con mi hermana Gloria - para pasarte la tarde jugando al sol, o, si llovía, meterte en el cobertizo de la paja y contar historias de miedo. Con nueve años, una bellota puede ser un alimento de gourmet. Muchas bellotas y unas cuantas tablas, un puesto de venta de bellotas. Dos montones de bellotas y dos conjuntos de tablas, una tienda para ti y otra para cualquiera de tus primas. Una tarde de sol, una oportunidad para jugar a ver cuál de los dos vendía más bellotas a transeuntes imaginarios de una ciudad multitudinaria que no estaba en otro sitio que en el medio de la nada, en un punto aislado del término municipal de San Vicente de Alcántara, rodeado de aire puro, de encinas y hierbas. De flores. De sonidos de bichos (pájaros y tal) que ponían Banda Sonora Original a mi infancia y la de mis primas y hermana. Imaginación y ganas de divertirse eran los únicos ingredientes para el mejor plato que jamás comimos y comeremos: el ser niños. Un plato tan extraño que solo lo pruebas una vez en tu vida. Después, despídete.
Lo mejor era el verano, el momento del año en que el niño podía ser completamente niño. Cuando nadie le imponía nada, o, como mucho, que estuviera en la cama antes de la una de la madrugada. En mi caso, mi día comenzaba cuando me levantaba, justo cuando mi inmaduro organismo caía en la cuenta de que el cupo de horas de sueño placenteras - entre dos o tres más de las necesarias - había sido cubierto. Te quitabas la única sábana con la que dormías y te ponían el desayuno en la mesa mientras veías la serie de turno del club Megatrix (cuando lo presentaba Ana Chávarri) o una reposición del ¿Qué apostamos? o El juego de la Oca (parece que estos programas dejaron de interesar en el momento en que a la gente le dio por chafardear sobre la vida, obra y milagros de María Isabel Pantoja). Después de vestirte subías a la terraza y, descalzo mismo, salías a mirar el sol que coronaba una mañana, todavía fresca, de un día que siempre prometía mucho. Olías el verano (porque puede olerse). Y ese olorcillo te llevaba a sonreir: porque ibas a ir al campo de tus abuelos a bañarte en la piscina con tus primas. Porque te iban a llevar a Portugal, al castillo de Marvâo, a ver las vistas. Porque esa noche, como todas, ibas a salir a la calle, todavía con toda tu ropa (camiseta de manga corta y pantalón corto, pues todavía no tenías esa cosa que se llama pudor que te impidiera llevarlos a gusto), a gritar de puerta en puerta <<¡X, sales a la calle?>> (Sustitúyase X por Inma, Ana, Adrián, Virginia, Tania, Silvia, Azahara, Raquel, Natalia, Javi... y seguro que alguna X se me olvida), y, si había éxito - que por lo general lo había en una amplia mayoría de los casos - salir a jugar a cientos de juegos: al escondite en las ruinas de una fábrica cercana que inexplicablemente estaba en el centro del pueblo, a balón prisionero, a bomba, a los tazos, a las cartas, a los trucos de magia, a callejear por callejear, a las historias de miedo, a imitar cosas de la tele, al balón, al coger (solo un pervertido sexual candidato a ocupar una plaza de psiquiátrico podría ahora ver en este nombre algo obsceno), al pollito inglés, a las carreras, al twister, al veo veo, a la oca, al parchís, al yo escondo la pelota y tu la buscas según te indique la dirección del gradiente de temperatura (frío, frío...), a las damas, a las telenovelas, a ser mayores... y todo ello bajo la luna de las pacíficas noches del verano extremeño, echados sobre la acera de una calle de la que sólo tenías que retirarte cuando pasaba algún coche de higos a brevas. Y no todo tenía el por qué ser tan callejero y tradicional. Las nuevas tecnologías acabaron por llegar a nuestras vidas, y tampoco olvidaré el punto y final de mi infancia, hablando con internet con María Jesús y Fátima, las andaluzas, como si fueran ya de la familia. Para el que no lo sepa - y para el que no lo crea - es una auténtica suerte haber podido vivir tal cosa. Y una auténtica desgracia haberlo perdido todo.
Inma se mudó de barrio y perdió el contacto conmigo. Además, cuando llegamos al instituto, cierta persona a la que no perdonaré jamás por muchas cosas - alguien que siempre jugó el rol de lider de grupos - la puso en mi contra, a ella y a otras tantas personas, muchas de ellas conocidas y otras aficionadas a reirse de la gente por que sí (luego culpé a la bien llamada edad del pavo). Con Virginia y Adrián tengo un hasta luego bastante poco sugerente cuando los veo. Imagino que también olvidaron los buenos momentos que pasamos juntos, aunque alguna peleilla y/o cabronada de unos a otros siempre hubiera. De Ana no se nada, creo que vive en Badajoz. De Silvia y Tania, que eran nietas de un señor de mi calle y venían por verano, se que vuelven por fiestas. Nos miramos y no tenemos un mínimo de verguenza por ninguna de las dos partes como para saludarnos (y mira que en este caso me duele, porque les tenía cariño). Con Javi perdí trato cuando salí de la banda de tambores (porque sentía que me explotaban infantilmente), y también me dio mucha pena porque también le tenía especial cariño. De Raquel no se nada, pero es quizás obvio porque le saco cinco años. De Natalia, su hermana, se lo que me cuenta su tía ya que no es de mi pueblo, sino de Alburquerque. Está bien. Y me alegro, porque lo merece. Por lo menos la última vez que la vi, hace sabe quién cuánto, me saludó. Y podríamos seguir la lista (mencionando que una de las primas está de uñas conmigo por meterme en medio de una pelea que tuvo con un amigo, y otra es de esas que pusieron en contra mía y apenas me saluda cuando me ve), pero es mejor callarse.
Visto lo visto, cuando llegas a cierta edad (parezco un viejo hablando, pero hay veces que hay que decir las cosas como son), te das cuenta de lo mucho que el tiempo te ha ido arrebatando. Cuando quieres percatarte de lo que ha pasado, te tragas un me cago en la hostia mental y te jodes. Y no piensas más en ello no porque no quieras, sino porque en el escritorio, en el madero donde te crucificas a ti mismo todos los días, te esperan los apuntes de botánica, para que te aprendas los innumerables órdenes y familias de la división Magnoliophyta (angiospermas, plantas cuya semilla se encuentra en un fruto). Y cuando un puente, como este desde el que escribo, te deja volver a casa para quitarte el estrés por unos días; y ves cómo las niñas de 9-10 años van vestidas de puta por la calle con la cara llena de titanlux (azul cerúleo para los ojos y rojo ladrillo para los coloretes), y a los niños mirando por encima a los demás como chuloplayas en potencia... te entran unas ganas de decirles que vivan su infancia... Ya es tarde quizás para tazos de pokemon y digimon, para canicas, para la comba, para el diábolo, para muchísimas cosas, pero no es tarde para que los niños sean niños. No saben lo que están perdiendo. No son capaces de imaginarse que algún día van a quedar hasta las pelotas de ser mayores. Y entonces no llevarán ese niño que dicen los anuncios de televisión típicos de navidad tenemos todos dentro. Y su alma no estará completa.
Dicen que cuando la vida cierra una puerta, abre una ventana. Pues quiero que la mía se abra pronto... y ya que nos ponemos, que sea soleada y con vistas a la sierra.
Feliz Mayo.
martes, 12 de febrero de 2008
El punto quiere viajar a otros puntos del punto
Buenas noches - ante todo, eso. Hoy la cosa va de viajes, aunque el título no parezca demasiado sugerente. Siguiendo la línea de lo que verdaderamente somos, o eso es lo que opino, el título de la entrada de esta noche no hace más referencia a una persona - yo - que quiere viajar a otros lugares del mundo. Aunque como yo, seguro que son muchos los soñadores los que de vez en cuando, y aunque tengan los ojos abiertos, tienen la cabeza en el quinto pino. Y es que, amigos, no sólo existe la tierra que ahora pisas. Tu ciudad no es la mejor del mundo - probablemente ninguna lo sea, o que lo sean todas; todo depende de los ojos que miren y de cuánto esos ojos han visto: todo es relativo. Tu ciudad es solo un punto en un mapa que a su vez es solo un punto en el mapa del universo (¿que es sólo un punto en el mapa de universos?). En cualquier caso, y dejándonos de galimatías, quisiera expresarles ese deseo que yo y muchos llevamos dentro de cargar una maleta con cuatro cosas y acompañarnos de cuatro amigos cargados de respeto y cariño hacia tí, que a su vez carguen maletas con cuatro cosas y te lleven a ti como amigo cargado de cariño y respeto hacia ellos (perdon por reincidir en galimatías cuando prometí no volver a hacerlo) y largarnos juntos ellos y yo, yo y ellos, a perdernos por el mundo, como si fueramos por unos días Christopher Benjamin McCandless, para alejarnos de la sociedad que nos tiene absorbidos y que nos oprime con sus sutiles costumbres apaciguadoras del espíritu aventurero - quizás animal - que llevamos dentro.Cada uno lleva dentro un pequeño mapa de lugares a los que le gustaría ir antes de pasar a mejor vida. Todos lo hemos pensado alguna vez: unos desean pisar Ibiza para mover los pies en la discoteca más famosa del mundo - Pachá la llaman - siendo en ocasiones su mayor - y superficial - deseo. Otros buscan marchar a Brasil para encontrar una nativa que les haga felices durante cinco minutos - o en femenino plural, otras buscarían viajar a cuba para encontrar un cubano con mas miembro viril que pierna. Lo mio, desgraciadamente, es más profundo y dificil de entender. A continuación les hago una lista de los lugares que me gustaría ver antes de pasar a mejor vida. Daré razones e intentaré hacer el destino atractivo para ustedes. O al menos, intentaré que reflexionen sobre las maravillas de alterar la posición espacial y alejarse de la realidad negra en la que vivimos aunque sea por unos días. Pónganse esta canción de Enya mientras leen; o si les resulta incómodo, escúchenla al final. Y naveguen lejos, aunque sólo sea de pensamiento. Comienza el viaje.

JAPÓN
El lugar que más me atrae. Siempre tuve curiosidad por viajar a este sitio. Japón es la más viva seña del mundo oriental, junto al gigante chino. Sin embargo, este país lleno de rarezas tanto naturales como humanas - véanse en youtube los concursos que protagonizan algunos japones, imagino que en franja horaria no protegida, en los cuales el fallar una pregunta significa que te van a poner el orificio anal de un señor en la naríz - es el que más ha asomado por nuestro querido y sobrestimado occidente: desde Bola de Dragón Z hasta Pokemon y Digimon, pasando por otras series como Naruto, Shin-chan, Marmalade boy, Yu-gi-oh y cientos de ellas en cuanto a televisión; Sonic the Hedgehog y otros clásicos como Alex Kidd y Wonderboy, propias de empresas como Sega - que no es la única, si hacemos referencia a Sony, Nintendo, Konami, Atari... - si hablamos de videojuegos; shushi, bolas de arroz y palillos japoneses (o chinos, los conocen como japanese fork) si nos referimos a la comida; y juguetes varios para los más pequeños que en su tiempo los de mi edad disfrutamos en mayor o menor medida, como el Tamagotchi. Y así nos tiraríamos días. Sin embargo, lo que me atrae de este país es el cómo combina modernidad con tradición. Como desde una ciudad tan cosmopolita como Tokio pasas a zonas de campo de gran conservadurismo. Las gentes conviven en el fondo de sus corazones con sus tradiciones sintoístas aunque el cristianismo y las fuertes tradiciones mas bien comerciales procedentes de occidente incidan cada vez más en este lugar, retirándole pureza. Los jardines zen dentro de edificios metálicos de gran envergadura simbolizan este cruce de edades en un mismo espacio y tiempo. A mi me gustaría sentir en primera linea esta característica: pasear un día por la metrópoli capital de Japón - Tokio - y deslumbrarme con todas sus luces y avances tecnológicos - no hay duda de que Japón es el país actual líder en maquinaria y tecnología punta - y al siguiente retroceder cientos de años en el tiempo sin moverme de la época presente y perderme por un campo de cerezos florecidos, de troncos retorcidos por el tiempo, tomando formas sinuosas que muestran toda la fuerza de la naturaleza. Visitar lugares como el templo del agua pura (Kiyomizu-dera) de Kioto y sentirme samurai pacífico por una tarde de primavera. Intentar comprender cómo piensa toda una cultura que me atrae. Enigmática en la vida y en la muerte. Curiosa a más no poder. Diferente. Es uno de mis destinos principales. Visitar Japón. Comprenderlo. Respirar el mismo aire de pureza y sueños que respirarían - si fueran reales - personajes como Miki y Yuu, de esa serie que ya he citado, Marmalade Boy, Pasear por unas calles igual de pintorescas y monomórficas como por las que trota Shin Chan durante sus travesuras. Sentarme a mirar el ancho Océano Pacífico desde las rocas mientras suena en mi cabeza Sumiregusa, también de Enya. Y volver a casa con la sensación de que, por unos días, he pertenecido a otro mundo. A otra realidad. Cipango, espérame.
INDONESIA
Todo y mucho. Indonesia es un archipiélago que sirve de puente entre asia y oceanía, compuesto por más de diecisietemil islas de las cuales una importante parte son completamente desconocidas en muchos aspectos. Son tan inhóspitas que el hombre jamás ha pisado. Quizás nos enseñasen esta típica escena de películas en plan Indiana Jones: dentro de una selva, un templo anciano espera la visita del hombre después de años en silencio. Civilizaciones muertas dejaron sus restos entre una naturaleza demasiado viva como para hacer accesible su visita.

De todas estas islas, la más poblada (¡¡114 millones de personas!!) es Java. En medio de su pura naturaleza se encuentra el templo de Borobudur, en Yogyakarta (en la foto), un lugar que deja tiempo para la reflexión acerca de cómo reflexionaban, valga la redundancia, las gentes que construyeron tan particular edificio desde el que Buda mira el paisaje, seguro sin aburrirse un segundo. Finalmente, hay que destacar el gran valor que tienen esas selvas inhóspitas de las que yo hablaba. En 2005, se habló de que eran poco menos que el Jardín del Edén, el lugar donde el mundo guarda sus pequeños tesoros. El cofre. Quizás algún día tenga la oportunidad de abrirlo, ya no como científico - mi campo no es la biología - sino a nivel personal.
PERÚ
Otro lugar que me interesa más por lo que hay en su naturaleza que por las ciudades grandes que allí existan. La cultura inca es un ejemplo de cultura precolombina que, por circunstancias de la historia acabó por desaparecer como tal, integrándose tanto a nivel poblacional como de reflexión y pensamiento en la impositiva España que les dió fin. Gentes que estuvieron en verdadera comunión con la naturaleza, viviendo también en lugares en principio poco recomendables como el impresionante Machu Pichu, perdieron para siempre su identidad, más o menos cuestionable según lo que se mire, para sumarse - o ser sumados, en este caso - a la vorágine histórica del ''mundo occidental''. No es que me hagan gracia los ritos sangrientos a los que todos estamos acostumbrados a ver en películas de mayor o menor acierto - ¿los incas también los llevaban a cabo, no? - pero tiene que ser interesante poder comprobar aunque sea, por unos días, lo que los ocupantes de este lugar escondido entre picos montañosos veían al mirar al horizonte. Pisar suelos de historia bajo cielos de futuro. Quizás esa es la magia del viajar.

Y esto es solo una muestra de lo que me gustaría ver por el mundo. Si algún día tengo tiempo, cosa que depende de los estudios de Farmacia, que me tienen colonizado, redactaré algunos más. Intentaré, como he hecho hoy, comunicar la necesidad de viajar que tengo, e incluso despertarla. Piensenlo. ¿No le gustaría romper con la realidad nefasta que nos rodea? Yo, si pudiera, lo haría.